- Rebeca Grande lleva más de una década dedicada a la conservación del lince ibérico. Hoy forma parte del equipo que trabaja para devolver al gran felino a Aragón tras décadas de ausencia
Rebeca Grande Gómez es veterinaria especializada en seguimiento de grandes carnívoros y lleva más de una década dedicada al lince ibérico, una de las especies más emblemáticas de la biodiversidad española. Comenzó en el centro de cría de Zarza de Granadilla y después trabajó en el seguimiento de las poblaciones silvestres de Extremadura y Castilla-La Mancha.
Natural de Navaluenga (Ávila), desde febrero de 2026 forma parte del “Proyecto de reintroducción del Lince Ibérico en Aragón “. Saberse parte de este hito en conservación fue su motivación para dejar su casa atrás y dar el salto a tierras aragonesas “detrás del lince” como ella misma reconoce.
Hoy nos sentamos con ella para hablar de su pasión por el lince, de territorios nuevos y de lo que significa ser veterinaria de fauna silvestre.
¿Recuerdas cuándo descubriste que querías dedicarte a ser veterinaria de fauna silvestre? ¿Hubo algún momento o alguna experiencia que decantara la balanza hacia el “lado salvaje”?
Siempre me ha gustado la naturaleza y he crecido en el medio rural. Recuerdo especialmente una experiencia cuando tenía 17 años y estaba en el instituto. Durante todo el curso, en las horas de tutoría, realizamos una encuesta larguísima que supuestamente nos ayudaría a descubrir cuál era nuestra profesión ideal. El resultado fue veterinaria, y me dejó completamente desconcertada. Era algo que nunca me había planteado; para mí, un veterinario era alguien que curaba perros y gatos.
Fui a hablar con mi tutora porque no entendía muy bien aquel resultado. Ella me preguntó cómo me imaginaba trabajando en el futuro y le describí una visión muy clara: me veía en el campo, en contacto con la naturaleza y ayudando a la fauna silvestre. Quizás la encuesta no iba tan desencaminada.
Finalmente estudié Veterinaria y, durante los primeros años de carrera, me sentí bastante perdida porque todavía no había encontrado mi sitio dentro de la profesión. Todo cambió cuando descubrí la figura del veterinario de fauna silvestre. En ese momento entendí que era exactamente a lo que quería dedicarme y supe que había encontrado mi camino.
Has trabajado con distintas especies, pero el lince ibérico destaca entre las demás ¿la vida te ha llevado por este camino sin proponértelo o, por el contrario, algo del lince te atrapó sin remedio?
El lince ibérico siempre me ha llamado la atención. Es una especie icónica de nuestro país y trabajar con ella era un sueño para mí. Cuando se convocó la plaza de veterinario en el centro de cría de Zarza de Granadilla, en 2015, yo llevaba varios años colaborando como voluntaria en GREFA, un hospital de fauna silvestre de Madrid. Gracias a ese entorno conocí la oportunidad y decidí presentarme al proceso de selección. Fue así como entré en el mundo del lince. Desde entonces he trabajado en distintos puestos de trabajo con la especie, tanto en cautividad como en libertad, y puedo decir que está siendo muy enriquecedor. Cada día sigo aprendiendo de una especie fascinante cuya recuperación representa uno de los mayores éxitos de conservación de nuestra fauna.
Teniendo en cuenta que has venido a Aragón “detrás del lince”. ¿Qué sentiste cuando las jaulas de Windtail y Winx (la primera pareja de linces reintroducidos en Aragón) se abrieron y los viste correr por primera vez hacia su nueva vida?
Es una emoción indescriptible. No puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas en cada suelta. Y siempre me hago la misma pregunta: “¿pero todavía no me he acostumbrado a esto?”. Pues parece que no. Cada ejemplar que sale de la jaula y corre hacia su nueva vida me sigue emocionando como la primera vez. En el caso de Windtail y Winx, además, había un significado especial: eran los primeros linces que volvían a Aragón tras décadas de ausencia. En esos momentos recuerdo sentir una mezcla de ilusión, responsabilidad y esperanza.
Llevas más de una década compaginando la medicina del animal individual con la monitorización de toda una población. ¿Cómo se equilibran esas dos miradas: la clínica y la del seguimiento de la especie en campo?
La conservación del lince ibérico exige trabajar constantemente en esas dos escalas. Por un lado, está la medicina clínica del animal individual, que es fundamental porque en las áreas de reintroducción realizamos un manejo relativamente intensivo: capturamos animales para seguimiento, evaluamos su estado sanitario, atendemos patologías o lesiones y tomamos decisiones que pueden ser clave para su supervivencia.
Pero, desde mi punto de vista, el aspecto más interesante es la medicina de poblaciones. El seguimiento sanitario no se centra únicamente en cada lince, sino en comprender qué ocurre a nivel poblacional y qué factores pueden afectar a la viabilidad de la especie a largo plazo. Analizamos la presencia y circulación de patógenos, evaluamos riesgos sanitarios y estudiamos cómo interactúan los linces con otros carnívoros y con las distintas especies con las que comparten hábitat y enfermedades. Al final, la salud de una población depende también de la salud del ecosistema del que forma parte.
Ambas perspectivas son complementarias: muchas veces la información obtenida de un solo individuo nos ayuda a entender procesos que están ocurriendo en toda la población. Personalmente, aunque disfruto de la parte clínica, me siento especialmente atraída por la medicina de poblaciones porque permite abordar la conservación desde una visión más amplia y preventiva.
Tu trabajo combina momentos muy distintos: sueltas, intervenciones clínicas, necropsias, … ¿Cómo es un día que podríamos considerar «normal» para ti?
La verdad es que no existe un día completamente normal, y creo que esa es una de las cosas que más me gustan de este trabajo. A lo largo del año los trabajos se van ajustando en función del ciclo biológico del lince y de las necesidades que vayan surgiendo.
Como veterinaria, una parte importante de mi trabajo está relacionada con la vigilancia sanitaria. Durante las campañas de captura (que tendrán lugar presumiblemente a partir del otoño que viene) realizamos chequeos sanitarios, tomamos muestras para estudio epidemiológico de patógenos, colocamos o cambiamos collares de seguimiento y vacunamos a los animales. También participamos en los chequeos sanitarios y marcaje con collar de los linces procedentes de los centros de cría antes de su liberación. El resto del año puede incluir la atención de urgencias, seguimiento de ejemplares ingresados y en cuarentena, realización de necropsias o el seguimiento sanitario de otras especies que comparten hábitat y patógenos con el lince. Toda esta información nos ayuda a comprender mejor los riesgos que pueden afectar a la población.
Como técnica, mi trabajo va mucho más allá de la veterinaria. Participo en la coordinación de trabajos, planificación de actuaciones, toma de decisiones, seguimiento de los ejemplares en libertad y en los cercados de presuelta, censos de conejo, detección y revisión de riesgos para la especie (carreteras, balsas de agua, etc.), análisis de datos y elaboración de informes, entre otras muchas cosas. Todos estos trabajos y datos se ponen en común con el resto de poblaciones para la gestión unificada de la especie.
Esa combinación entre trabajo de campo, gestión y seguimiento sanitario hace que prácticamente no haya dos días iguales.
Has trabajado en Extremadura, en Castilla-La Mancha con poblaciones asentadas y ahora en Aragón introduciendo la especie. Cuando el lince llega a un territorio donde llevaba décadas sin estar, ¿qué puede salir mal? ¿quién o qué es vuestro enemigo número uno?
Antes de reintroducir linces en un nuevo territorio se realiza una evaluación previa muy completa para identificar la disponibilidad de conejo, calidad del hábitat, posibles riesgos o aceptación social. Sin embargo, por muy exhaustivo que sea ese trabajo, son los propios animales quienes terminarán mostrándonos cómo utilizan realmente el territorio. Los linces no siempre se establecen exactamente donde esperamos. Gracias al seguimiento sabemos qué zonas seleccionan, qué corredores utilizan para dispersarse y dónde aparecen los llamados puntos negros, es decir, lugares donde existe un mayor riesgo de mortalidad, como determinadas carreteras o infraestructuras.
Para la especie es esencial la salud de las poblaciones de conejo de monte. Si bien, las áreas de reintroducción han sido elegidas por una alta densidad de conejos, es crucial hacer un seguimiento estrecho de ellas, ya que mutaciones en cepas de las enfermedades que le afectan más directamente al conejo (mixomatosis y fiebre hemorrágica), podrían tener gran repercusión en la viabilidad de la población de linces.
Por otro lado, la mayor causa de mortalidad no natural del lince ibérico son los atropellos. En una población recién reintroducida cada individuo cuenta mucho. En una población consolidada, la pérdida de uno o varios ejemplares puede tener un impacto relativamente pequeño, pero cuando estamos empezando, la muerte de algunos animales puede ralentizar el crecimiento de la población o retrasar su asentamiento. Por eso durante los primeros años el seguimiento es especialmente intenso: nuestro objetivo es detectar los problemas cuanto antes y actuar para que la población pueda crecer y hacerse autosuficiente.
Las necropsias, forman parte importante del trabajo de un veterinario ¿qué aportan en un proyecto como este?
Las necropsias son una herramienta fundamental en la conservación del lince. Nos permiten conocer las causas de muerte de los ejemplares y detectar amenazas como atropellos, enfermedades o posibles casos de mortalidad ilegal. Además, aprovechamos para recoger muestras y analizar los patógenos presentes en la población, aumentando el conocimiento de la distribución y prevalencia de enfermedades que sirve para evaluar posibles riesgos sanitarios. En definitiva, cada necropsia aporta información muy valiosa para mejorar la conservación de la especie.
¿Cuánta gente forma parte de este proyecto?
Aunque para el proyecto en Aragón nos hemos incorporado específicamente dos técnicas y dos ayudantes técnicos, detrás de la reintroducción del lince hay muchísimas más personas. En el día a día contamos con el apoyo de otros compañeros del área de Biodiversidad de SARGA, agentes de protección de la naturaleza, Gobierno de Aragón y personal del Centro de Recuperación de La Alfranca.
Además, este proyecto forma parte de un esfuerzo mucho mayor que se lleva desarrollando desde hace años en toda la Península. La red de centros de cría, los equipos de campo, los asesores científicos, las administraciones públicas y muchas otras entidades han contribuido a que una especie que llegó a estar al borde de la extinción se haya recuperado hasta el punto de poder volver a territorios donde llevaba décadas desaparecida. Al final, el éxito del lince ibérico es el resultado de un trabajo multidisciplinar y de la colaboración de muchas personas y organizaciones. Nosotros somos solo una nueva parte de un proyecto colectivo mucho más grande.
A menudo tratáis con ganaderos, investigadores, administraciones o vecinos. ¿Qué has aprendido sobre la importancia de la colaboración e implicación de la población local en estos procesos?
Si algo he aprendido durante estos años es que la conservación no la hacen solo los técnicos o los científicos. El apoyo de la población local es esencial. Son las personas que viven en el territorio las que conviven cada día con la especie y las que acaban convirtiéndose en sus mejores aliados. Sin su colaboración sería imposible detectar problemas, resolver conflictos y conseguir que una reintroducción tenga éxito a largo plazo. Al final, un proyecto de reintroducción no consiste solo en liberar animales. Para que una población se asiente y prospere a largo plazo es necesario que exista una buena convivencia entre el lince y las personas. Por eso, escuchar, colaborar y generar confianza con la población local es tan importante como cualquier trabajo técnico que podamos realizar en el campo.
La recuperación del lince es, sobre todo, una historia de trabajo conjunto y de implicación de muchas personas con un objetivo común.
Has publicado sobre lengua azul en lince ibérico, sobre sarna sarcóptica en gato montés, sobre Toxoplasma gondii… ¿Cómo afectan estas enfermedades compartidas con otras especies a los planes de conservación?
Las enfermedades no entienden de fronteras entre especies. El concepto One Health nos recuerda que la salud de los animales, las personas y el medio ambiente están interconectadas. En el caso del lince ibérico, muchas de las enfermedades que estudiamos no afectan únicamente a esta especie, sino que son compartidas con otros animales, incluido el ser humano.
Por eso, cuando hablamos de conservación no podemos limitarnos a estudiar una sola especie de forma aislada. Es necesario entender qué patógenos circulan en el ecosistema, cómo se transmiten entre especies y qué factores ambientales pueden favorecer su aparición o expansión. Un ecosistema sano y rico en biodiversidad suele ser también más resiliente frente a las enfermedades.
Has desarrollado buena parte de tu carrera en proyectos impulsados desde el ámbito público. ¿Qué significa para ti trabajar sabiendo que el objetivo final es conservar un patrimonio natural que pertenece a toda la sociedad?
Para mí significa trabajar con un propósito que va más allá de lo individual. Al final, estamos dedicando nuestros esfuerzos a conservar algo que es de todos/as y que, además, no nos pertenece solo a nosotros/as, sino también a las generaciones futuras. Saber que puedes contribuir a que una especie como el lince ibérico recupere parte del territorio que había perdido es algo muy especial.
También hay una parte muy personal. Creo que somos conscientes del enorme impacto que nuestra sociedad tiene sobre la naturaleza y de la cantidad de biodiversidad que hemos perdido. Poder dedicar mi trabajo a intentar revertir una pequeña parte de ese daño y dar una oportunidad a una especie que estuvo al borde de la extinción, me produce una enorme satisfacción. Es mi forma de aportar un pequeño granito de arena.
Para cerrar: si pudieras hablar con una estudiante de veterinaria que está dudando entre la clínica convencional y la fauna silvestre, ¿qué le dirías?
Le diría que explore, que tenga curiosidad y que no tenga miedo a cambiar de rumbo si descubre algo que le apasiona. Yo entré en Veterinaria sin tener muy claro que existía la figura del veterinario de fauna silvestre y tardé varios años en encontrar mi sitio.
También le diría que no se deje desanimar por quienes le digan que es un mundo muy difícil o que tiene pocas oportunidades. Es cierto que no es un camino sencillo y que requiere formación, esfuerzo, movilidad y constancia, pero eso no significa que sea imposible. Si realmente es lo que le apasiona, merece la pena luchar por ello y no renunciar antes de haberlo intentado. Al final, vamos a dedicar gran parte de nuestra vida al trabajo. Por eso creo que es importante elegir algo que nos motive y nos haga sentir que estamos contribuyendo a algo en lo que creemos. Esa sensación compensa con creces las dificultades del camino.


